domingo, 10 de enero de 2010

Pocas cosas generan más "clima destituyente" que desconocer la ley y patotear a las instituciones.

Por Julio Blanck



El Gobierno decidió por decreto usar las reservas para pagar deuda, desconociendo al Congreso. Avanzó con esa medida ignorando a la Justicia, incluso a la Corte Suprema que le pidió informes a la Presidenta sobre las razones que sostenían su decisión.

Echó al titular del Banco Central arrasando el procedimiento ordenado por la ley, porque no hizo la obligada consulta a una comisión parlamentaria. Y cerró el círculo con una virtual intimidación a la jueza que frenó los procederes ilegales, con presencia policial en su domicilio y seguimiento callejero.

No es el ejercicio de la suma del poder público, como el que la Legislatura de Buenos Aires le otorgó a Juan Manuel de Rosas en marzo de 1835, cediéndole las funciones legislativas y judiciales. No es, pero se le parece bastante. Y con semejante deterioro del imperio de la ley, quedamos un paso más cerca de la selva.

Todo sucedió con el Congreso en receso premeditado, porque la Presidenta lo mandó de oportunas vacaciones al no convocar a sesiones extraordinarias. Cinco días después de terminar las ordinarias se publicó el decreto de necesidad y urgencia que habilita a pagar deuda con las reservas. El Gobierno libera así otros 6.569 millones de dólares -que había hecho aprobar en el Presupuesto con destino al pago de deuda externa- para volcar a un gasto público que ya está derrumbando la leyenda del superávit fiscal, base sólida de los buenos tiempos kirchneristas.

Para recuperar aquella bonanza perdida se aplica este manotazo a las reservas: hay que volver a llenar la caja para mantener en la fila a sindicalistas, intendentes y gobernadores, y hacer política sobre los sectores más vulnerables de la población.

La jueza María José Sarmiento, al suspender la liberación de reservas hasta que se pronuncie el Congreso y reponer provisoriamente a Martín Redrado en la presidencia del Banco Central, le puso una dosis de legalidad y sentido común a este desaguisado.

La tentación kirchnerista de demonizar a quien se les oponga puede patinar feo con la doctora Sarmiento, que acumula tres décadas de trabajo impecable en la Justicia y más de quince años como magistrada, con fallos que disgustaron al gobierno de Carlos Menem, como disgustan esta vez al de Cristina.

Ahora vienen las apelaciones del Gobierno. La decisión pasará a la Cámara Contencioso Administrativa. Hombres que ya han lidiado con los camaristas que pueden entender de inmediato en el caso, suponen que el kirchnerismo obtendrá allí resoluciones favorables. Esto abriría instancias más altas de apelación. Lo único seguro es que esta historia sigue.

La jueza Sarmiento actuó ante un amparo presentado por diputados de la oposición. La política buscó el escenario de la Justicia para frenar a los Kirchner. En los tribunales consiguieron más que lo que ellos mismos fueron capaces de construir en el Congreso. Pero el éxito transitorio no oculta la dificultad de los opositores para encontrar algo más que el discurso mediático, a la hora de alzar un muro contra el singular avance en pleno retroceso que está produciendo el Gobierno desde las elecciones de junio.

El kirchnerismo, con su torpeza política habitual, enfocó todos sus cañones contra Julio Cobos, a quien cree ver detrás de cada tropiezo de sus turbulentas iniciativas. La última fantasmagoría que le atribuyen a esta rara especie de vicepresidente opositor es la resistencia de Redrado a liberar las reservas.

Las diatribas de Aníbal Fernández tuvieron esta vez el acompañamiento enfático de la misma Presidenta. Y se sumó, inefable, el propio Kirchner. Pero la acusación de conspirar contra el Gobierno suena desmesurada para el talante político de Cobos. Estamos fregados si los que gobiernan entienden que conspirar es pretender que funcione el Congreso.

Enfocándolo como enemigo casi excluyente, quizás el kirchnerismo le termine haciendo un nuevo favor a Cobos. Lo coloca en la posición del rival más temido, el que los puede destronar. Justo lo que parece estar buscando una amplia mayoría social que, en junio pasado, votó a las listas que se opusieron al Gobierno. Francisco de Narváez puede contar cuánto beneficio electoral genera ser considerado por los Kirchner como el adversario principal.

En todo este desbarajuste, de manera inesperada y a contrapelo de su trayectoria, Redrado tomó un papel relevante y apareció defendido por sectores económicos y políticos que nunca se hubiesen aglomerado a su alrededor. Es otro milagro Kirchner.

Desde empresarios notorios -exceptuando a los favorecidos del universo kirchnerista- hasta sectores de la izquierda extraparlamentaria coincidieron en defenderlo. Por cierto, unos cuantos políticos ejercieron esa defensa al borde de la náusea. El neto perfil liberal de Redrado, su pensamiento económico y su currículum político, los habían puesto siempre en la vereda de enfrente.

En estos días Redrado habló con mucha gente. Pidió consejo a dos ex jefes de Gabinete del kirchnerismo, Alberto Fernández y Sergio Massa. Habló en público y en privado con los radicales. Y hasta trataron de ayudarlo Jesús Rodríguez y Enrique Nosiglia. Cada uno por su lado intentó convencer al vice del Banco Central, el radical K Miguel Pesce, de que no se subiera a la jugada kirchnerista. No fueron escuchados.

Otros opositores eligieron un camino diferente. Eduardo Duhalde llamó a Mario Blejer, de vacaciones de esquí en Europa. quien encabezó el Banco Central en el comienzo de su presidencia. Blejer es el elegido por Néstor y Cristina para suceder a Redrado. En círculos del Gobierno se dice incluso que fue quien aconsejó al matrimonio acerca de cómo lograr financiamiento extra este año, acudiendo a las reservas.

Fuentes peronistas aseguran que Blejer le dijo a Duhalde que no asumiría en el Banco Central con el actual escándalo político y jurídico. Duhalde, dicen, le prometió comprensión, si llegaba en esos términos. ¿Alianza inesperada entre el peronismo disidente y los Kirchner? Nada de eso. Sucede que Duhalde y otros hombres que participaron en estas consultas, como Felipe Solá y Alfredo Atanasof, creen que Blejer, de excelentes contactos en el establishment financiero internacional, puede poner algún límite a la acción de los Kirchner. Prefieren eso antes que la continuidad de Pesce o la llegada del viceministro de Economía, Roberto Feletti, que "están dispuestos a firmar cualquier cosa que les ordenen".

Redrado venía manteniendo un equilibrio difícil con Cristina. Antes, en 2005, había acompañado desde el Central la decisión de Néstor, cuando se pagó la deuda al FMI con 10.000 millones de dólares de las reservas. Según el propio Redrado recordó a sus amigos, también había resistido al menos otros dos intentos de Kirchner por hacerse de las reservas. Uno de ellos en 2006, cuando el entonces presidente pensó por primera vez en nacionalizar YPF. La idea quizás no lo haya abandonado del todo.

Cuando se le pagó al FMI hubo apoyo del Congreso y un acuerdo con el Banco Central enhebrado por Alberto Fernández. Esta vez las cosas se hicieron distinto. Redrado contó que lo llamaron para avisarle del decreto "media hora antes" de anunciarlo. Tampoco tuvieron en cuenta sus objeciones, entre ellas la referida a la extrema vulnerabilidad en que quedarían las cuentas argentinas en el exterior, al alcance de los fondos buitre.

Después de varios días sin poder hablar con Cristina, Redrado se reunió con ella el lunes pasado. Fue el último y fallido intento por convencerla con sus argumentos. Al día siguiente arrancó la topadora que le tiraron encima.

Si Redrado terminó curiosamente defendido por sectores del progresismo opositor que rechazan el pago de la deuda, no menos curiosa fue la defensa que desde el progresismo oficialista se hizo de la decisión de pagar esos compromisos.

Son horas de confusión en el kirchnerismo. Los gestos de fuerza, la acción restallante frente a cierta morosidad opositora, parecen empezar a no alcanzar. La realidad electoral de junio tardó seis meses en hacerse efectiva. Y ahora empieza lentamente a extenderse.

Un gobierno de minoría sigue siendo un gobierno legítimo. Ahora reaparecieron la victimización y la intención de envolverse en una épica forzada y sin sustancia. Pero algo está claro: pocas cosas generan más "clima destituyente" que desconocer la ley y patotear a las instituciones.

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