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martes, 29 de diciembre de 2009

Los bigotudos Fernández ahora están en veredas opuestas

Por Alfredo Leuco

En los pasillos de la política argentina Alberto es uno solo. Comparte apellido, bigote y en su momento espada de defensa mediática del kirchnerismo con Aníbal, el actual jefe de gabinete. Los bigotudos Fernández ahora están en veredas opuestas.

Alberto dice que fue una barbaridad lo que Aníbal hizo cuando se negó a acatar la orden judicial de enviar la policía al gremio de los Aeronavegantes.

Aníbal es más descarnado en el lenguaje. Siempre lo fue. A sus amigos les dijo directamente que Alberto es empleado de Clarín. Los más fieles escuderos del matrimonio presidencial aseguran que Alberto es un traidor. Que los abandonó cuando el barco empezaba a hundirse. Néstor no lo puede ni ver. Cristina no lo quiso ver nunca más desde que se fue. Es como si Alberto hubiera recibido de su propia medicina.

Él también dividió al mundo entre kirchneristas y traidores y cuando fue jefe de gabinete se mostraba como cordero ante los medios pero ejecutaba las órdenes del lobo feroz sin que le temblara la mano ni el bigote. Le aplican tan a rajatabla el mismo sistema que le escucharon una conversación con Cobos y el salió a denunciar esa ilegalidad que los del gobierno consideran pan de todos los días.

Tal vez por eso, ahora Alberto dijo que Néstor Kirchner quiere volver al poder de cualquier modo. Y que es muy mala la opción para los peronistas entre Kirchner y Duhalde. Dijo que son candidaturas movidas por el odio. Alberto lo debe saber muy bien ya que fue dirigente de gran confianza de ambos. Tesorero, nada menos, de la campaña de Eduardo Duhalde y mano derecha de Néstor y Cristina durante muchos años.

No es la primera vez que lo hace. Alberto ya se había despegado antes de otros jefes impresentables. Integró una lista de Domingo Cavallo en compañía con la defensora de Videla, Elena Cruz y fue funcionario del gobierno de Carlos Menem.

Todo en nombre del movimiento, de la patria y al final de los hombres. Ahora está buscando la compañía de gente joven con prestigio social como el gobernador Juan Manuel Urtubey o el ex recaudador Santiago Montoya porque el resto de los candidatos le parecen salidos del túnel del tiempo. Cuando le preguntaron por las candidaturas de Menem y Duhalde fue a fondo. “No puede ser que los peronistas estemos obligados a elegir entre Drácula y Frankenstein.”

La pregunta es desde que lugar lo dice Alberto Fernández. Si metafóricamente los otros son Drácula y Frankenstein, él puede asimilarse a algún monje negro de la historia.

¿O Alberto se creerá que despues de todo lo que hizo alguien se creerá que se trata de aquella pequeña niña de los inocentes cuentos infantiles que andaba por las praderas suizas proclamando valores y respeto por la naturaleza?

Pregunto: ¿Alguien creerá que Alberto es Heidi?


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martes, 15 de diciembre de 2009

Aníbal Fernández, subversivo constitucional

Ricardo Recondo, titular de la Asociación de Magistrados, denunció al jefe de Gabinete por ordenarle a la policía que no cumpliera con una orden judicial de intervenir el sindicato de Aeronavegantes. "Hay una subversión del orden constitucional", indicó el funcionario judicial.

El presidente de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional, Ricardo Recondo, calificó hoy como "un Golpe de Estado contra el Poder Judicial" que el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, ordenara a la policía desconocer una resolución judicial para desalojar la sede del gremio de los aeronavegantes, en conflicto por las elecciones de sus autoridades.

"Hay una subversión constitucional. Antes se pretendía manejar a los jueces a través del Consejo de la Magistratura, nombrando jueces amigos, presionándolos, y ahora resulta que cuando se encuentran con un juez que procede de manera independiente, se ordena no cumplir con sus órdenes", se quejó Recondo.

En declaraciones a radio El Mundo, Recondo sostuvo que "en la medida que se pretende impedir el funcionamiento de uno de esos poderes, se está atentando contra el sistema y por lo tanto es una suerte de Golpe de Estado contra el Poder Judicial".

"Acá debe haber algo oscuro, porque es una elección en un sindicato menor, donde ha perdido un grupo, ha ganado el otro y simplemente el juez fue a poner en funciones al grupo que había ganado. El grupo que perdió responde a la señora Alicia Castro, que es embajadora argentina en Venezuela", prosiguió.

La semana pasada, luego de que se denunciaran irregularidades en las elecciones para renovar la conducción de la Asociación Argentina de Aeronavegantes (AAA), el juez José Sudera se propuso cumplir un fallo de la Sala IV de la Cámara Nacional del Trabajo, que ordenaba que se colocara al frente del gremio a los integrantes de la Lista Celeste.

Pero un grupo de personas -presuntamente vinculadas a la oficialista lista Verde, encabezada por Ricardo Frecia, cercano a los kirchneristas Alicia Castro y Héctor Recalde- impidió el ingreso del magistrado, y cuando éste solicitó ayuda a la comisaría de la zona, se le negó asistencia.

El jefe de Gabinete Fernández aclaró que la Policía Federal no participó de esa acción judicial porque, a través de esa medida, afirmó, "se pretendía pasar por encima de la Constitución".

Para Recondo, "la Justicia constantemente debe estar tratando de defenderse contra agresiones en su funcionamiento independiente. Esto suele pasar con todos los gobiernos, pero lamentablemente se ha acentuado con éste".

"Esto viola la Constitución, que le prohíbe al Presidente atribuirse funciones judiciales. No sé de dónde saca el ministro que tiene la facultad de interpretar la Constitución, eso lo hace el juez. Y si no le gusta lo resuelto, el sistema establece recursos", agregó.

Fuente: LPO

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domingo, 13 de diciembre de 2009

"Este Daniel... que complicado está", acostumbra a murmurar Kirchner

Por Eduardo van der Kooy

Buenos Aires es foco de preocupación para el kirchnerismo. El gobernador desciende en su popularidad por la situación social, la inseguridad y su dependencia con los Kirchner. Su deterioro no es bueno para el proyecto continuista del ex presidente. ¿Buscará reemplazarlo?

Buenos Aires parece casi el único pilote que sostiene todavía a Cristina y Néstor Kirchner en el poder. El único que alimentaría, además, sus fantasías políticas de continuidad. Cada problema que estalla en la principal provincia electoral corre como un temblor bajo de los pies del matrimonio.

Hay allí problemas nuevos y otros que, sin remedio, repiten la historia. La novedad es que Daniel Scioli, desde hace un buen rato, dejó de ser impermeable a los malhumores populares. Una encuesta nacional encargada por el Gobierno revela que el gobernador posee ahora una imagen positiva parecida a las de Cristina y de Kirchner: sólo un 29,2%. La pareja sigue punteando, por lejos, la valoración negativa: 67% la Presidenta y 64% el ex presidente. Scioli redondearía el 53%.

El descenso pronunciado del gobernador plantea, desde ya, una seria dificultad política. Para el propio mandatario y también para los Kirchner. Esa debilidad suele potenciar los dramas y las falencias preexistentes: la inseguridad no es una novedad en Buenos Aires aunque sí lo es la violencia y la saña del delito; la Policía bonaerense vive envuelta en sospechas pero nunca desnudó como ahora, igual que la Justicia, semejante incompetencia.

Salió a la luz con el trágico episodio de la familia Pomar, cuyo accidente en una ruta transitada de la Provincia se descubrió recién 24 días después de sucedido.

Scioli tiene problemas políticos por la baja popularidad, por los errores de la administración y por su falta de astucia o voluntad para ganar alguna autonomía respecto de los Kirchner. Esa combinación de factores opera como una hoja filosa que abre grietas en el poder bonaerense.

José es el hermano de Scioli, hombre de confianza y ex secretario General de la Gobernación. Desde el conflicto con el campo empezó a marcarle puntos de vista distintos que se acentuaron con las candidaturas testimoniales. El ex funcionario se acaba de ir con un portazo.

Las opiniones diferentes se tradujeron en disputas políticas que al secretario General no le parecieron pertinentes. Una fue con el jefe de Gabinete, Alberto Pérez, cultor de la tesis de la incondicionalidad con los Kirchner. Otra, detonó con su hermano a raíz de varias decisiones, entre ellas el modo de enfrentar el aumento de la inseguridad y de las protestas sociales.

En todos esos manejos creyó detectar la mano de Kirchner. Scioli le ofreció la secretaría de Seguridad al ex recaudador provincial, Santiago Montoya. El ex presidente también lo deseaba para arrimárselo a Cristina. Montoya le explicó al gobernador que su vida está ligada a la política tributaria. Que no le disgustaría un salto, pero nunca al vacío. "De seguridad toco de oído", advirtió.

Scioli insistió pensando, sobre todo, en la imagen favorable que supo cultivar Montoya en sus tiempos de recaudador. "La Bonaerense es mucho para mí", se habría atajado en alusión a la Policía provincial. El gobernador intentó tranquilizarlo. Le informó que la cuestión policial correría por otro andarivel. ¿Ministerio de Seguridad sin Policía?

Idéntico interrogante se formuló Montoya. Scioli estaría en conversaciones con un empresario -antes militante político- ligado al universo de la seguridad y de las Fuerzas Armadas. De aceitados contactos con la Iglesia. ¿Lo sabe el actual ministro de Seguridad, Carlos Stornelli? Nadie se anima a decir una palabra en el círculo del poder bonaerense.

Ese detalle le habría servido a Montoya para desestimar cualquier oferta de Scioli. También la de hacerse cargo de la reforma del Estado provincial. Se estarían advirtiendo en el gobernador gestos repentinos, gestos de cierta desesperación. Pareció serlo también la separación de Claudio Zin del Ministerio de Salud. Ese ánimo, quizá, le habría impedido darse cuenta de una cosa: aquella reforma del Estado formaba parte de los planes del secretario de Gobierno. Ese hombre era José, su hermano, que terminó renunciando.

Scioli buscaría seguir evitando roces con Kirchner. Su hermano no era una persona bien vista por el ex presidente. Para reemplazarlo el gobernador piensa en Javier Mouriño, actual titular del IOMA y ex legislador menemista. El mismo Kirchner le habría hecho llegar la sugerencia.

Kirchner husmea los acontecimientos en Buenos Aires casi con la misma avidez que con los del Gobierno de Cristina. Reacciona como su esposa cuando algún asesor le comunica una mala noticia sobre la inseguridad: "Este Daniel... que complicado está", acostumbra a murmurar. La Provincia es, al menos en ese tema, un mundo ajeno para ellos.

No es un secreto que el ex presidente hubiera deseado que Scioli asumiera su banca de diputado. Desoír ese deseo fue el último y el único reto político del gobernador. Luego amoldó la reforma política en Buenos Aires a los arbitrios de Kirchner. Mantuvo, incluso, las candidaturas testimoniales que laceraron al ex presidente y al gobernador.

Alberto Balestrini posee una capacidad de maniobra política en la vetusta estructura del PJ bonaerense de la cual el gobernador carece. Balestrini es vicegobernador y hombre fuerte en La Matanza. Su vínculo con Kirchner tiene idas y venidas pero el kirchnerismo puro lo vería como el hombre indicado para timonear una geografía que se complica día a día y que será determinante para el sueño presidencial.

Balestrini llegó a vicegobernador por imposición de Kirchner. Scioli hubiera preferido en ese sillón a José Pampuro, ahora senador. Ya entonces el ex presidente le comenzó a ganar las pulseadas.

La política tiene también razones en la economía. Según los números presentes la Nación debería aportarle a la Provincia el año próximo alrededor de $ 15 mil millones para cumplir con su presupuesto. "O Daniel hace caso o está muerto", advierten los halcones kirchneristas.

La presencia constante de Kirchner en el conurbano constituye también un punto de intimidación política para Scioli. El ex presidente quiere mantener sin intermediarios su vínculo con los intendentes. Sabe también que el gobernador no será sombra suya en la fantasía del 2011.

Una cosa diferente sucede con Santa Fe. Kirchner desembarcará mañana en la provincia de los socialistas y de Carlos Reutemann. Pretende hacer allí lo mismo que en el conurbano: atraer a los intendentes del interior, muchos de los cuales reportan al senador.

Reutemann, a diferencia de Scioli, es una preocupación para el ex presidente. Eduardo Duhalde cree aún en la posible participación del ex gobernador en las internas abiertas que debería realizar el PJ. Reutemann es siempre un gran enigma y un profundo silencio.

Kirchner busca descabezar, personalmente, a los presidenciables que asoman en el peronismo. De los otros, de los de la oposición, se encargan sus ministros y sus milicias.

Aníbal Fernández es, en ese sentido, la primera espada. Hace rato que el jefe de Gabinete diseñó una arremetida contra Mauricio Macri. El jefe porteño facilitó esa arremetida con su impericia para manejar la creación de la nueva Policía: de esa Policía casi no se habla; se habla del escándalo del espionaje que sobrevino a esa pretensión. Se habla también de Abel Posse, el ministro de Educación, que antes de asumir levantó con palabras imprudentes e impolíticas una polvareda y la resistencia de los gremios docentes.

Aníbal Fernández es el constructor del discurso contra Macri. La pelea fue llevada a la calle la semana pasada por el piqueterismo kirchnerista.

Luis D'Elía pidió la renuncia del jefe porteño pero terminó haciéndole un favor cuando abordó el disparate: habló sobre la supuesta existencia de "una Argentina blanca". Como si, por contrapartida, hubiera una "Argentina negra". La desmesura es un signo clásico del kirchnerismo.

El jefe de Gabinete pretendió despegar al Gobierno de aquel acto piquetero y de aquellos disparates. Fracasó: detrás de D'Elía, subido a la tarima, sobresalió Claudio Heredia, el principal ladero de Carlos Zanini, secretario Legal y Técnico de los Kirchner.

El kirchnerismo continúa bregando, con las huestes que le quedan, para que la calle no caiga en manos de grupos que no le son afines. También intenta amortiguar en el Congreso el golpe que sufrió de parte del bando opositor, que le hizo un nítido recorte de poderes.

Esa oposición heterogénea intenta no desmembrarse: Elisa Carrio, Felipe Solá, Oscar Aguad y Federico Pinedo convinieron que cualquier discusión sobre candidaturas presidenciales será demorada hasta abril del 2011. Se trataría de un buen atajo para esquivar las discordias.

Han repartido sin grandes diferencias las comisiones parlamentarias. Pretenden avanzar en Diputados con las investigaciones sobre denuncias de corrupción en el Gobierno. Solá viene teniendo reuniones con Roberto Lavagna: el ex ministro acerca ideas de cómo el Congreso podría fiscalizar la ejecución del Presupuesto, el destino y la utilización de los fondos.

Carrió ha decidido no hablar más sobre Julio Cobos. Rehizo una química aceptable con Solá. Respeta a Ernesto Sanz, el nuevo jefe radical, y tiene diálogo, no siempre estable, con Oscar Aguad. Cree que Pinedo no es lo mismo que Macri.

La líder de la Coalición parece correrse de la vehemencia al apaciguamiento. No figura ahora la hecatombe en sus palabras ni en sus tonos. Aboga por un tránsito normal del Gobierno de Cristina hasta el epílogo. Un giro que, si se conserva, ayudaría a una sociedad condenada a vivir sobresaltada por los Kirchner.

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La conducta de los Kirchner fue incubando una fatiga evidente en la oposición
Nueva etapa en la política argentina

domingo, 22 de noviembre de 2009

Anibal Fernández, supremo sacerdote de la banalidad insultante

Por Pepe Eliaschev

Atascados en la noria de las regurgitaciones eternas, nada nos sorprende. Nuestros asombros son vaporosos y fugaces. El impacto emocional de hoy se diluye mañana en la atropellada semántica de otra tormenta emocional.

¿Acaso hay alguna palabra que se repita más que “escándalo” en los medios nacionales? No la hay, pero el chapoteo pornográfico en una cotidianidad escandalosa no la hace más virtuosa a la Argentina. Al contrario. Confortables en demasía que ya no sorprenden a nadie, habitamos el tiempo de los excesos convertidos en rutina. Las afrentas no duelen, las injurias no hieren, las mentiras no ofenden.

Supremo sacerdote de la banalidad insultante, la boca más grande y vociferante del Gobierno argentino compara a Nixon con Macri. La casi totalidad de quienes acceden a los medios no atinan a recordarle al incontinente jefe de Gabinete que ese presidente renunció a la Casa Blanca casi dos años después de que The Washington Post descubriera el affaire Watergate, pero sólo al cabo de una investigación del Congreso que lo conminaba al republicano a someterse a juicio político.
Aníbal Fernández, en cambio, quiere derrocarlo a Macri como resultado de las gestiones del espartaquista Norberto Oyarbide. Las tropelías fernandistas se consuman a la luz del día ante una sociedad que convive en resignado renunciamiento con los despropósitos más disparatados.

A las 10 de la mañana del jueves último, por ejemplo, ocho cuarentones ridículamente tocados con boinas de comandos militares cerraron la avenida Rivadavia a la altura del Congreso nacional. Decían ser “combatientes” de Malvinas, a los que no se les reconoce su supuesta participación en una guerra de hace 27 años.

Lo notable es la naturalidad del disparate. Eran ocho cortando la avenida y millares los vehículos que coincidían en aquel desbarajuste fenomenal, infinidad de gente atascada ante un piquete protegido por la Policía, adecuadamente adoctrinada para no “criminalizar la protesta”.

Lo más estremecedor es que a todo nos adecuamos: esas ocho personas cortaban la avenida mientras millares de seres humanos, afrentados y enloquecidos de furia, mirábamos con mansedumbre de vacas a los nuevos dueños del espacio, custodiados por una Federal con oficiales de relucientes y altas botas de cuero y rotundos patrulleros protegiendo el piquete malvinero.

Pocas veces un texto como el publicado por este diario la semana pasada y firmado por Adolfo Pérez Esquivel desparramó tamaña colección de prejuicios venenosos, afirmaciones expresivas de ridícula ignorancia y explícitas confesiones de judeofobia, como esa erupción de odio a propósito de una supuesta “masacre” hecha por los judíos de Israel contra los árabes palestinos.

Por lo pronto, pedregosa aunque imperdonable ignorancia: Pérez Esquivel admite ante el visitante presidente de Israel, Shimon Peres, que (¡15 años después!) “es imprescindible investigar y buscar a los responsables para reparar el daño a la comunidad judía”. O sea que los 85 asesinados del 18 de julio de 1994 fueron bajas judías, no víctimas de un ataque contra la Argentina. Para Pérez Esquivel los judíos deben ser extranjeros en la Argentina, huéspedes de sus anfitriones criollos.

Ese antisionismo de izquierda que se viste de ropaje progresista supera largamente la retórica de veteranos nacionalsocialistas. Coquetea con las expresiones más aviesas del antisemitismo reprimido. Eso explica que el venezolano Hugo Chávez y su régimen socialista sean socio principal de Majmud Ahmadinejad en América latina.

Pero si Cristina Kirchner le dice al presidente Peres que no le gusta que le elijan sus amigos porque ella no se los elige a nadie, ¿quiere decir que para este Gobierno es normal tener relaciones íntimas con alguien que, a su vez, está aliado a un régimen que proclama que Israel debe desaparecer del planeta?

Para Pérez Esquivel, claro, las responsabilidades sólo son israelíes y cuando las fuerzas militares de Hamas y Al Fátah se matan entre ellas en Gaza o en Cisjordania, no hay “masacre”, como tampoco la hubo en 1970, cuando el ejército del rey Hussein de Jordania aniquiló a las huestes de Arafat y expulsó a sangre y fuego a decenas de millares de palestinos.

Ausente ya la experiencia del asombro, en el tinglado nacional se perpetran alegremente hechos abusivos y enormidades retóricas. Pérez Esquivel, por ejemplo, escribe que en la Argentina hay una comunidad “israelí”. ¿Alguien le explicó que en el Estado de Israel hay dos millones de árabes y sólo cinco millones de judíos? ¿Alguien le informó que israelíes e israelitas no son la misma cosa?

Eso sí, coherente con los más rancios estereotipos antisemitas, el Nobel de la Paz de 1980 asegura que los judíos argentinos (220 mil en 40 millones) son “muy numerosos” y –sobre todo– “muy fuertes”. Nada de que alarmarse: en una crónica sobre la presencia de Peres en Buenos Aires, Clarín aseguró que el presidente israelí escuchó un recital en una tanguería del Abasto en la que se congregó “la mitad del PBI argentino”.

El sobredimensionamiento de la comunidad judía argentina no es inocente; es una política visceralmente compartida por todos los peronismos, desde el menemista al kirchnerista.

Como un estercolero de acceso libre, el escenario público que hoy exhibe este país es de deprimente vulgaridad. Iletrados funcionarios rebuznan superficialidades insultantes; saben que aquí todo sigue su curso y nada grave ocurre en una sociedad reacia a los castigos y embriagada de transgresiones.

¿Será el alba de un tiempo diferente? No de inmediato, ni mucho menos. Estos años de pacto con el abismo no producirán una reversión balsámica instantánea. Es bueno intuir que tras tanto abuso, tiempos más curativos vendrán. Pero hoy no hay razones sólidas para profesar optimismo, ni siquiera moderado.

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sábado, 21 de noviembre de 2009

El matrimonio Kirchner se ha puesto un traje de amianto


Por Alfredo Leuco

El matrimonio Kirchner se ha puesto un traje de amianto que no les permite detectar los altísimos niveles de irritación social que han cosechado. Es el principal subproducto de su bulimia de poder. De esa carrera desenfrenada en círculos concéntricos cada vez más chicos que les hace perder el olfato político y la sensibilidad popular necesaria para poder discernir lo que es bueno o malo para ellos mismos.

Por eso han multiplicado los gestos autodestructivos y suicidas. Todas sus zancadillas y presuntas avivadas han logrado erosionar la confianza del ciudadano hacia la dirigencia política. Eso es muy peligroso porque astilla el valor de las instituciones republicanas. Y es una de las peores herencias que van a dejar: la sospecha permanente de que todos los políticos tienen precio.

El ejemplo mas caricaturesco fue el triste espectáculo boxístico que ofrecieron Aníbal Fernández y Mauricio Macri. Parecían escenas del viejo cine en blanco y negro donde dos grandotes parados en el centro del ring se intercambiaban mamporros cada vez mas fuertes esperando que el otro se caiga.

Una irresponsabilidad parecida a una ruleta rusa. Una lucha en el barro para ver quien es más destituyente. ¿El Watergate o Collor de Melo? ¿El espionaje o la corrupción?

La impericia del gobierno de Macri, la falta de iniciativa política que lo llevó a correr detrás de los acontecimientos para tapar agujeros , cierta ingenuidad imperdonable a esta altura y una gestión que no despega, le produjeron su mayor herida.

Néstor Kirchner, ni lerdo ni perezoso, olió sangre y como buen tiburón justicialista se le tiró a la yugular. Cree que Macri es el enemigo perfecto. Pero su gran problema es su propio desprestigio y la falta de credibilidad de su vocero, Aníbal Fernández. Ambos están entre los argentinos con mayor imagen negativa y Macri, todavía ocupa los primeros lugares en la consideración pública aunque la valoración de su gobierno viene cayendo.

El alquiler de conciencias o el tráfico de votos es un síntoma de una grave enfermedad social. Sincericida, Ricardo Colombi dijo “estas son las condiciones y hay que aceptarlas”. Esa actitud de resignación de la dignidad y sometimiento al poder central del dinero siempre existió. Coimas hubo siempre. Banelcos también. Pero fueron excepciones o emergentes de situaciones coyunturales.

Lo desesperanzador es que Néstor Kirchner las convirtió en políticas de estado, en un plan sistemático que, por ahora, funciona a la perfección. En un modelo de conducción. Varios quieren denunciarlo ante la justicia como un delito. Dicen que retener fondos de otros o ningunearlos es un abuso de poder y mucho mas si se ejerce desde el cargo de esposo en jefe. Prostituir la política es entrar en la lógica de los infames traidores a la patria. Por mas trajes de amianto que se pongan.

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viernes, 20 de noviembre de 2009

Fernandez: "Mauricio Macri debería renunciar"

Por Ernesto Tenembaum

El jefe de Gabinete, Anibal Fernández, sostuvo esta mañana que Mauricio Macri debería renunciar por el escándalo de las escuchas telefónicas.

Tengo cuatro observaciones que hacer al respecto:

1- Durante el último año y medio, el oficialismo sostiene que hay una campaña destituyente en contra de Cristina. Sin embargo, es difícil encontrar una declaración dónde un dirigente político de primera línea, como lo es Fernández, reclame que Cristina se vaya antes de tiempo. El que más se acercó creo que fue Biolcatti en aquel célebre reportaje de Grondona. La reacción general fue tan contundente que terminó pidiendo disculpas.

La declaración de Fernández cruza una línea: quienes pretenden instalar la idea de una renuncia anticipada de la presidenta podrán ampararse en que sus declaraciones son tan aceptables como las del jefe de Gabinete. Quizá por eso sería necesario que quienes se alarman ante cualquier insinuación en este sentido de la oposición, o de los dirigentes de la mesa de enlace, también hagan saber su rechazo a este tipo de bravuconadas.

2- Las declaraciones de Fernández, además, son claramente favorables a Macri, quien ahora tiene una herramienta clara para exponer en público que es víctima de una operación de la Casa Rosada. Es un favor increíble, porque hasta ahora estaba obligado a explicar sus propios horrores o complicidades con un hecho injustificable. Desde que apareció Fernández, podrá decir: “Escuchenlo a Anibal Fernández: ¿A alguien le cabe duda de que estoy siendo víctima de una conspiración kirchnerista?”. Y va a tener el Gobierno que explicarlo a Anibal en lugar de tener Macri, como corresponde, que aclarar lo que no puede aclarar.

3- Las declaraciones de Fernández, además, favorecen a Macri por otro motivo. En un gobierno muy desprestigiado, Fernández es una de las figuras que bate record de rechazo. En la Casa Rosada deberían pedirle a Braga Menendez que realice un focus Group. Eligen personas al azar, les pasan declaraciones de Anibal y expresan lo que piensan. Se van a sorprender. De hecho, me consta que los líderes de la oposición celebran cada vez que Anibal les pega. Un ataque verbal del locuaz jefe de Gabinete los hace subir inmediatamente un par de puntos en las encuestas de imagen, tenga o no razón en lo que dice.

4- Igual, las declaraciones de Fernández sobre el tema Macri no tienen ninguna gravedad si se las compara con su silencio –y el de tanta otra gente—frente a la represión de la Federal contra los chicos que hacía cola para ver a Viejas Locas. Hay un nenito en coma cerebral. Las policías siguen todos en funciones. Nadie se comunicó con la familia.

Es como si el tema no existiera. Como si a alguna gente –pobres, roqueritos—la policía le pudiera pegar y a otra cosa mariposa. Hace cuatro semanas, en Palabras más Palabras menos le dedicamos media hora del programa a los abusos de la UCEP de Macri.

Puedo imaginar lo que sería la reacción del progresismo K. en caso de que la Policía Metropolitana reprimiera como lo hizo la Federal y dejara a un chico en coma. En fin. El doble estándar, en estos casos, me da escalofríos.


PD: Antes que el coro empiece a decir: "eh, Tenembaum, lo estás defendiendo a Macri", pido por favor que vean el reportaje que le hicimos a Montenegro el martes, la cobertura de lo de la UCEP, la entrevista de veinte minutos que le hice hoy al fiscal Nissman. Digo: para no gastar tiempo en pavadas.