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viernes, 30 de abril de 2010

Nelson Castro: "Sin pensamiento diferente no hay democracia"


Nelson Castro, en su programa "A Juego Limpio" por TN, trató el tema de los escraches a periodistas con Pepe Eliaschev, Andres D'Alessandro Director Ejecutivo de FOPEA, Carlos Gamond, presidente de la Comisión de Libertad de Prensa, ADEPA. (VER VIDEOS MÁS ABAJO).


En su columna de reflexión final, Castro dijo: Nosotros, los periodistas estamos para informar, no para ser los protagonistas de la información. Cuando en un país, el ejercicio de la libertad de prensa se transforma en un tema es que algo no está funcionando bien.

Lo que me pasó a mí cuando empezaron a aparecer todos estos hechos, no el de hoy, es toda una cadena, por eso quería hoy tenerlo a Pepe Eliaschev porque fue el primero que en soledad sufrió esto. Una vez yo estaba en Comodoro Rivadavia, había terminando una conferencia y fui a la habitación del hotel para luego ir a cenar y alguien me tiró una carta por debajo de la puerta, año 2000.

Abrí el sobre y decía con nombres, con teléfonos, somos fulano, mengano y zutano. "Mire, no queremos que nos vean, ni acá que estamos en Comodoro Rivadavia" -teníamos la asociación periodistas que ya no está más lamentablemente- "por favor, vengan a Santa Cruz. La asfixia que tenemos los periodistas que queremos trabajar con libertad es impresionante". Gobernaba Néstor Kirchner.

Sin duda que nosotros periodistas, somos sujetos de críticas. El gobierno tiene todo el derecho de criticarnos, sería de nuestra parte una conducta contradictoria, es decir nosotros vivimos de la crítica, nuestro trabajo es la crítica y decir "no nos pueden criticar", no, todos tienen derecho de criticarnos.

El tema es que, cuando aparecen los afiches o esta parodia de tribunales populares, como los que hubo en Irán en la época del Ayatollah Khomeini o en aquellas épocas de la revolución francesa que tanta tragedia generó, lo que se busca no es la crítica, se busca el aniquilamiento del pensamiento diferente, y quiero decirles que sin pensamiento diferente no hay democracia. Este es el nudo de la cuestión, esto es lo que está en juego, por eso nuestra preocupación.


martes, 22 de diciembre de 2009

Los Kirchner no pueden conducir al país sin andar repartiendo trompadas mediáticas

Por Pepe Eliaschev


Siguen los castigos. No son físicos, desde ya, pero son reiterados, sistemáticos y se han hecho casi naturales. No pasa una semana sin que el Gobierno invierta una dosis fenomenal de sus energías en “pegarle” a su numeroso elenco de enemigos, o –mejor- a lo que ellos perciben como sus enemigos.

Un recorrido de siete días: los jueces, los Estados Unidos, el periodismo, los piqueteros autónomos del Gobierno fueron apenas los cuatro blancos fijos a los que apuntó el arsenal kirchnerista en estos días previos a la Navidad.

El gobierno de los Kirchner castiga y luego existe, ése es su lema. No sabe (¿no puede? ¿no quiere?) conducir al país sin andar repartiendo trompadas mediáticas todo el tiempo. ¿Por qué lo hace?

En principio, el matrimonio presidencial considera que su escenario principal es el de las tomas de posición en el campo de la cháchara dialéctica. Al igual que sus cofrades de los años ´70, los Kirchner entienden desde 2003 que la “pelea ideológica” debe ser dada las 24 horas de los 365 días del año.


Lo de “matrimonio presidencial” no es una difamación. Esta semana, como ya es norma casi permanente, el diputado Néstor Kirchner viajó en gira partidaria a Corrientes a bordo de un avión de la Fuerza Aérea Argentina y llevándose como chico de los mandados a José López, el aparentemente monacal secretario de Obras Públicas desde que empezó el gobierno del matrimonio.

No hubo ni siquiera maquillaje. Diputado por una provincia, Néstor Kirchner procede como si nunca hubiera abandonado la presidencia. Es que nunca se fue. Él se maneja con los aires, el protocolo y -sobre todo- las efectividades conducentes de un jefe de estado.

Pero al margen de estos desfachatados ejercicios de poder directamente ilegal, lo importante es que no termina el festival de enojos de los Kirchner. El caso del sindicato de asistentes de vuelo, pequeño pero absurda y desmesuradamente influyente, es ilustrativo.

Manejado desde hace años por la embajadora de los Kirchner ante el gobierno de Hugo Chávez, Alicia Castro, el sindicato fue a elecciones y en ellas perdió el oficialismo. Se demostró que hubo fraude, pero ante la requisitoria judicial, los que lo manejaban se negaron a aceptar el amparo del juez a los ganadores inhabilitados por el oficialismo. Notificado, el Gobierno bloqueó la medida judicial, alegando que no era constitucional.

Dicho y hecho. La Casa Rosada ordenó a la Policía Federal que no prestara asistencia a la justicia. ¿Resultado? El sindicato de Alicia Castro sigue en manos de la conducción perdidosa y acusada de fraudulenta, pero -eso sí- con intervención directa del Poder Ejecutivo.

La reacción de la Presidenta fue proverbial. Tras permitir que su gobierno desoyera la medida judicial, se subió a su atril y horas atrás, desde La Pampa, zamarreó a los jueces que, según ella, son vulnerables al “poder económico”.

Otro capítulo de la agresividad permanente del Gobierno fue el de la visita del flamante encargado de América Latina en el gobierno de los Estados Unidos. Como parte de su recorrido por países de América Latina, Arturo Valenzuela estuvo 48 horas en Buenos Aires. Tras recibir a un grupo de ejecutivos de empresas norteamericanas, Valenzuela le dijo a la prensa que escuchó quejas de que en la Argentina hay escasa seguridad jurídica para las inversiones. Solo lo mencionó, y no como una opinión oficial, nada más. ¡Para qué!

En el Gobierno pensaron que se trató de una (nueva) ofensiva del imperialismo yanqui contra el gobierno nacional y popular. Hicieron fila para pegarle al gobierno de Barack Obama y en esa tarea se encolumnaron Florencio Randazzo, Aníbal Fernández (que no deja pasar un solo día sin abrir la boca ante los micrófonos), Jorge Taiana y el propio embajador kirchnerista ante la Casa Blanca, Héctor Timerman.

Nuevamente, un episodio irrelevante y condenado a esfumarse, fue potenciado por la reacción neurasténica del Gobierno, que lo convirtió en causa nacional.

La diferencia de conductas con Brasil impresiona y deprime. Mientras el gobierno de los Kirchner fatigaba los medios para pegarle a los Estados Unidos, en la cumbre mundial de Copenhague sobre el cambio climático, esta misma semana, se sentaron a la mesa grande de las decisiones globales, uno al lado del otro, los presidentes Barack Obama y el brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, hombro a hombro, junto a los líderes de China y la India.


La Argentina, para variar, juega a victimizarse como eterna perseguida, mientras los países grandes protestan menos y se dedican en cambio a crecer en serio.

En el caso de los piqueteros de Barrios de Pie, la organización de superficie de Libres del Sur, se reprodujo este mecanismo de palabrerío. El Gobierno legitimó durante años la ocupación del espacio público y bendijo la pulseada negociadora para entregar recursos a los pobres. Ahora habla de “extorsión”, aun cuando desde 2003 viene homologando el mismo mecanismo.

Claro que cuando lo que se convierte en sistema y permite anudar clientelismos infalibles, funciona bien, no se lo critica, pero si los candidatos a “clientes” procuran autonomía, entonces se convierten en “extorsionistas”.


Con el periodismo, no hay cambios. Para los Kirchner es el enemigo central y ellos se esfuerzan para ratificar esa obsesión.

Ya no es noticia que Néstor y Cristina Kirchner se consagren a vituperar, sin cansarse, a los medios, aunque esta semana previa a la Navidad, les trajo un par de malas novedades, incluyendo el freno judicial a la medida oficial de deshacer a la empresa CableVisión del Grupo Clarín.

Además, la nueva “autoridad” oficial de medios sigue confrontando problemas delicados en sui conformación, al margen de que por ahora solo esta integrada por el oficialismo.

Los enojos del Gobierno confirman la impronta que lo identifica desde 2003. Abroquelado en su mesa chica con la recargada alianza con Hugo Moyano y un puñado de intendentes bonaerenses, el oficialismo se apronta a celebrar su séptima Nochebuena en el poder, más irritado y aislado que nunca. No es un buen augurio.

Otras Notas:
El fallo de Oyarbide degrada la imagen del Poder Judicial y descoloca a la Corte
Los Kirchner se pusieron Casco contra la justicia
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En la Argentina de los Kirchner no hay Ley ni Justicia para Juzgarlos
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Néstor Kirchner fraude a la Administración Pública
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

El kirchnerismo, una formidable máquina de morder poder y quedarse con él

Por Pepe Eliaschev

La tunda que Néstor Kirchner recibió en Diputados la semana pasada, ¿es un knock-out, o un mero gaje del oficio, tras el cual esta en condiciones de acabar con los que lo humillaron? Ni tanto, ni tan poco.

Vapuleado el 28 de junio, cuando perdió nada menos que en la provincia de Buenos Aires, el kirchnerismo hubo de deglutir aceite de ricino el jueves. Munida de quórum propio, la oposición ocupó la Cámara baja y administro con solvencia la transición. Recién este 3 de diciembre la Argentina pudo verificar en números reales lo que sucedió el 28 de junio.




El 28 de junio los Kirchner perdieron. Durante más de cuatro meses siguieron gobernando como si hubieran ganado. El 3 de diciembre no pudieron evitar que en Diputados llegara la hora de la verdad. Son nada más que la primera minoría. Tampoco nada menos que eso, claro.

La memoria minuciosa no es la principal fortaleza del peronismo, que en materia de mausoleos y recordaciones demuestra pereza y superficialidad.

Por eso, hizo bien el jefe radical Oscar Aguad al recordarles que en 1987, tras las elecciones legislativas de ese año durante el gobierno de Raúl Alfonsín, el peronismo intentó desbancar a Juan Carlos Pugliese, poniendo en su lugar a José Luis Manzano. Retrocedieron, ante la embestida de los radicales, que eran la primera minoría de entonces.

Por eso, la oposición no cuestionó que Eduardo Fellner siguiera a la cabeza de la Cámara, pero la vicepresidencia primera recayó en Ricardo Alfonsín, expresión de otro de los dos principales partidos argentinos, la UCR.

Las cosas han cambiado, pero Kirchner y su coalición no han sido batidos, ni mucho menos. Con su quórum propio, la oposición sentó al oficialismo e impuso condiciones inimaginables hasta el 28 de junio. Terminó la hegemonía K en las 45 comisiones permanentes de la Cámara, el auténtico centro neurálgico del poder de los diputados.

Pero Kirchner tiene fuerzas, recursos y ambición de poder de sobra para cobrarse cara la derrota y resulta de infantil ingenuidad menoscabar su apetito. Claro que lo de él es por lo menos extravagante. ¿Para qué mandó fletar centenares de colectivos desde el Conurbano, repletos de personas despachadas desde los municipios? ¿Para que le dieran marco a su derrota? ¿El hecho de jurar como diputado habiendo sido presidente, eran tan histórico?

La oposición, en esta instancia al menos, libro y ganó limpiamente una buena victoria. La victoria de la oposición se consumó a expensas del ahora malogrado Frente para la Victoria. Pero no existe tal cosa como “la oposición”. Lo que hay son varias oposiciones, no menos de dos al menos.

El kirchnerismo, una formidable máquina de morder poder y quedarse con él, trabajará incansablemente para que el nuevo escenario no lo castre. Lo hará sin remordimientos ni demasiadas vueltas, aunque el jefe de la bancada oficial, Agustín Rossi, no las tendrá muy fáciles con la enigmática personalidad del ex presidente. Hace pocas horas el diputado Juan Carlos Dante Gullo avisó que Kirchner será, a partir de ahora, uno más. ¿Por qué lo habrá dicho?

Las filas del oficialismo son un muestrario de la debilidad humana y de la enorme capacidad de seducción que tiene el poder para atraer cuando está erecto, así como de su formidable volatilidad cuando padece disfuncionalidad. Cuando el poder se evapora, las pasiones mutan completamente.

Marta Oyhanarte, por ejemplo, se fue del Gobierno, al que sirvió sin remordimientos durante seis años. La desbancó el estadista quilmeño Aníbal Fernández, que les entregó ese despacho a los activistas de “La Cámpora”, el núcleo de los sub-40 que funge como juventud kirchnerista.

Encargada de un organismo teóricamente abocado al “fortalecimiento de la democracia”, Oyhanarte se calló la boca durante un largo lustro de gobierno cuando se eternizaron los decretos de necesidad y urgencia y los súper poderes crónicos. Tampoco protestó jamás por los diversos atropellos contra la libertad de prensa. Ni siquiera se marchó de su escritorio en la Casa Rosada cuando se fue del gobierno su mentor, el inventor del “kirchnerismo sin Kirchner”, Alberto Fernández.

Hoy nutre las filas de los herejes que se han ido amuchando con los años, melancólica agrupación de personas eyectadas por el Gobierno de la que forman parte Graciela Ocaña, Marcelo Saín, Eduardo Hecker, Miguel Bonasso y el citado Alberto F.

Otro caso pintoresco es el del multifacético Víctor Santamaría, líder del sindicato de encargados de edificios que tiene presupuesto abundante para financiar revistas, programas, radios y fundaciones, y además publicar paginas pagas donde se exhibe en fotos sociales en cada ocasión en la que aparece. Es omnívoro Santamaría: por un lado “banca” revistas de izquierda, y por el otro inserta su foto en páginas pagadas en la revista “Caras”.

Todo sirve. Hace una semana y media hizo un ágape multitudinario e invitó al diputado peronista Francisco de Narváez y al macrista Guillermo Montenegro. Desde Olivos escupieron fuego y diatribas contra el “traidor” cuando vieron fotos de Santamaría con opositores. ¿Qué hizo Santamaría? Mandó quitar las fotos que lo incriminaban: no quiere problemas con el hombre que duerme en Olivos hace ya seis años y medio.

Es un curioso gobierno el actual: invitado a “Le Doy mi Palabra”, el programa de Alfredo Leuco por Canal 26, el secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, desmereció la semana anterior, y de manera grosera, a Uruguay, cuando, al querer replicar mis elogios a la admirable madurez democrática del pequeño país, murmuró con tóxico despecho, que Uruguay ha sido siempre una colonia británica, y un pais que expulsó a 600.000 de sus ciudadanos por no poder darles de comer. Personajes como Coscia integran el gabinete ministerial de Cristina Kirchner, la misma que en las ultimas horas, de paso por Montevideo, dijo que el presidente electo José Mujica gano las elecciones pese “al bombardeo mediatico” de la prensa oriental.

Dogmática incurable y soberbia de manual, la Presidente cree que sabe todo de todo y no dejar de meter la pata, con o sin esguince. Tal “bombardeo” nunca existió y durante los cinco años de gobierno del Frente Amplio, la publicidad estatal fue canalizada de manera claramente mayoritaria hacia los medios mas importantes, todos los cuales han sido opositores a Vázquez, o en todo caso neutrales.

Otras Notas:
La trampa que plantearían Kirchner o Duhalde
Civilización y Convivencia
Enemigos Cruzados
Se les exige a los Kirchner den pormenorizadas explicaciones sobre el descomunal aumento de su fortuna
Kirchner tiene la idea fija que su derrotero es una suerte de complot de los medios
A la Argentina le aguardan horas de dañina testarudez K
Los Kirchneristas se sorprendieron capitulando sin condiciones
Los diputados oficialistas deberán convivir con los vaivenes y los caprichos de Kirchner
El espionaje que el oficialismo lleva adelante contra puntuales “enemigos” de su gestión
El kirchnerismo se orienta a no ceder absolutamente nada
En los últimos cinco meses los Kirchner consolidaron la imagen negativa de toda su gestión
La conducta de los Kirchner fue incubando una fatiga evidente en la oposición
Nueva etapa en la política argentina
Oficialistas y Opositores a pocos días de asumir los nuevos legisladores
Los Kirchner actúan con el apresuramiento de aquellos que palpitan un final
Tal vez pertenece a la derecha pero todavía no se dio cuenta
Panorama Nacional hacia el 2011

Civilización y Convivencia

Por Pepe Eliaschev

Cuando se trata de interpretar el subtexto de lo que viene sucediendo -sobre todo en términos de civilización y convivencia- en materia política- uno no puede menos que advertir que los resultados que se consiguieron la semana pasada en la Cámara de Diputados para la elección de las nuevas autoridades, más allá de la poco atractiva aritmética partidaria, indican un curso de acontecimientos que consolida rasgos ominosos y poco estimulantes para el corto y mediano plazo de la Argentina.

Hablo de la dificultad enorme que sigue viviendo la Argentina para poder admitir con naturalidad en la vida cotidiana una cultura del diálogo, de la convivencia y de la búsqueda de comunes denominadores. Este último concepto, lo que llamamos comunes denominadores, es en esencia lo que rechaza y cuestiona en bloque el oficialismo que gobierna hace largos seis años y medio a la República Argentina.

La existencia de comunes denominadores no es otra cosa que la inteligencia práctica que presupone advertir que, en cierto tipo de situaciones, las diferentes fuerzas que protagonizan el debate político pueden acordar, reduciendo sus expectativas, cuestiones que permitan avanzar con mayor consenso. La noción de consenso no solamente es ajena al pensamiento del oficialismo, sino que éste la recusa, la cuestiona, la combate, como si fuera el epicentro de su enemigo principal.

No cree el oficialismo kirchnerista que la búsqueda de comunes denominadores sirva para gobernar un país. Antes bien, remedando -por ahora de manera pacífica- las enseñanzas del vanguardismo revolucionario de los años ’70, asumen la conducción del país con un criterio foquista. Consideran que, aún siendo minoría, un grupo que tiene la capacidad de actuar, la decisión suficiente, el liderazgo y la voluntad subjetiva, puede producir cambios al margen de que no tenga el consenso ciudadano.

Si bien es verdad que, hasta cierto, punto resulta inapropiado comparar las técnicas revolucionarias en épocas de confrontación violenta, con la gestión de un Estado de un país en épocas relativamente más pacíficas, también es cierto que el oficialismo no puede con su genio.

El kirchnerismo no puede evitar que su derrotero político e ideológico esté atravesado por esa concepción foquista, según la cual la gente se equivoca, y esta “equivocación” no debe ser un obstáculo para que una conducción firme -un “foco” político e ideológico- conduzca los destinos del país, hasta que de alguna manera la mayoría tome conciencia, se “des-enajene”, y apoye lo actuado por la conducción.

El foquismo kirchnerista que acaba de ser circunstancialmente –y sólo circunstancialmente- derrotado en la Cámara de Diputados, viene de una derrota electoral notable el 28 de junio. Sin embargo, no actúa el Gobierno Nacional con la conciencia de ser minoritario. Actúa con la convicción de que la retención de las palancas del poder, alcanza y sobra para seguir dirigiendo a la República como si estuviera siendo apoyado por la mayoría.

Tengo para mí que acá está la clave, el episodio estratégico central en torno de la cual tenemos que polemizar y organizar una nueva manera de vivir en la Argentina desde 2010.

El Gobierno tiene plena legalidad para seguir ejerciendo el cargo para el que recibió un mandato y, desde luego, tiene la legitimidad que le da la elección presidencial de 2007. Pero no puede presumir que la legitimidad de 2007 es irrevocable y eterna, en tanto y en cuanto persista el matrimonio presidencial en la convicción de que puede gobernar en contra de las decisiones, la voluntad o la resistencia de la abrumadora mayoría de la ciudadanía.

Por eso, me parece que más allá de la anécdota, y de la circunstancia pequeña de las decisiones en la Cámara de Diputados -toda vez que ya se han aprobado leyes que habrán de pesar gravemente sobre el destino del país en los próximos años-, la lección que dejan los acontecimientos es que la Argentina tendrá que discutir una nueva forma de autogobernarse, no sólo rescatando y recuperando un federalismo pulverizado por la acción del Poder Ejecutivo, sino fundamentalmente reestructurando la institucionalidad del país sobre la base de la búsqueda de denominadores comunes, algo en lo cual la oposición tendrá que hacer un aporte sustancial.

Lo que estamos viendo es, en definitiva, la rispidez, la fricción, el enfrentamiento entre dos maneras de concebir la cosa pública. La que esgrime el Gobierno no puede ser denominada de otra manera que la concepción de una minoría iluminada, convencida de que en algún punto las grandes masas habrán de darse cuenta. ¿Y si no se dan cuenta?

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Anibal Fernández, supremo sacerdote de la banalidad insultante

domingo, 6 de diciembre de 2009

A la Argentina le aguardan horas de dañina testarudez K

Por Pepe Eliaschev

Quiere gobernar no menos de 12 años seguidos. Ése es el proyecto del ex intendente de Río Gallegos, blanqueado en un curioso cónclave con el puñado de profesores universitarios de izquierda que han visto en él la luz, y lo consideran como un John William Cooke de carne y hueso.

Cooke, que murió hace más de 40 años, era la “pata” marxista del peronismo. Perón lo alentaba, como también avalaba a Vandor en aquellos tempranos años Sesenta. Nada ha cambiado mucho en el peronismo. Disfónico e inmutable, Néstor Kirchner certificó ahora que quiere quedarse en el gobierno un total de tres mandatos. Por eso prepara, ya de manera evidente, la campaña presidencial Kirchner 2011.

Puede ser él, pero también ella. La línea que le “baja” a sus cuadros ideológicos es gobernar hasta 2015. En todo caso lo trascendente es que el matrimonio siga habitando la residencia de la Quinta de Olivos.

La noción de una permanencia en el poder que supere todos los atenuantes y limitaciones temporales de una democracia, la enunció estos días uno de los cuadros más petulantes y desdeñosos de la nomenclatura kirchnerista, el senador Eric Calcagno.

Este economista, que siendo embajador de Kirchner en Francia se presentaba en la sociedad parisiense como “Eric Calcagno y Maillman”, tuvo la elogiable audacia de confesar que la emergencia económica que acaba de renovarle el Congreso al Gobierno debería durar “decenios”. Para levantar la emergencia, dictaminó el cuadro kirchnerista, “faltan muchos años”. ¿Por qué? Porque “estamos intentando reconstruir el Estado”.

La emergencia será esta vez no de uno, sino de dos años más, hasta el 31 de diciembre de 2011. De modo que si alguno de los Kirchner repite ese año y es electo para quedarse hasta 2015, asumirá en estado de emergencia, uno de los más colosales (y exitosos) proyectos para obliterar la separación de poderes estipulada por la Constitución.

Desenlace buscado: se castra al Congreso, reducido a la impotencia de legislar virtualmente, ante un Ejecutivo que hace y deshace lo que quiere con las reasignaciones de partidas presupuestarias, situación que se perpetúa desde 2002.

Cuando la emergencia pedida por el presidente Eduardo A. Duhalde se aprobó en medio del colapso de 2002, la entonces senadora santacruceña Cristina Kirchner votó en contra. Hoy como presidente, ella no puede gobernar sin emergencia. Con la norma ratificada, la Argentina, gobernada por diferentes peronismos, completará ese 31 de diciembre de 2011 un total de nueve años en emergencia crónica.

Termina así la tormenta “legislativa” del oficialismo, preparada tras la derrota electoral (sufrida pero nunca aceptada) del pasado 28 de junio. En las 72 horas posteriores al colapso, los Kirchner pergeñaron en Olivos lo que luego se fue produciendo, entonces todavía asesorados por el volátil Alberto Fernández, que ahora anda predicando a los cuatro vientos un risueño kirchnerismo sin los Kirchner, aunque él no lo confiese en público así.

Entre mediados de julio y estos finales de diciembre, los de Olivos apretaron el acelerador y le sacaron hasta la última gota de leche a un Congreso donde el oficialismo vota a ojos cerrados, abrumado de miedo e intoxicado de obediencia debida.
Eso ahora se termina, pero el paquete de normas logradas por el kirchnerismo es de alcances faraónicos: medios de comunicación, asignaciones universales, estatización de empresas y, sobre el final, la famosa “reforma” política.

Esa reforma, ¿fue una auténtica y trascendente reformulación de la precaria y sospechosa actividad política argentina? ¿La elección de candidatos electorales por los partidos a través de internas “abiertas, simultáneas y obligatorias” solucionará la falta de credibilidad de las organizaciones políticas? ¿Se introdujo tal vez la boleta única o el voto electrónico? ¿Se impedirá desde ahora la estafa obscena de las candidaturas truchas llamadas “testimoniales”, el más descarado fraude político acuñado por el oficialismo en las pasadas elecciones? ¿Se reprimirán las versiones más descaradas y crudas del transfuguismo, mediante el cual el poder del dinero oficial compra cuanto gobernador, senador o diputado se proponga adquirir? ¿Se transparentará el financiamiento de la vida política si la herramienta financiera será manejada en exclusividad por el gobierno de turno?

Las respuestas a estos interrogantes son sistemáticamente negativas: es un récord difícil de igualar que un gobierno que proclama ambicionar una política más seria, honrada, moderna y democrática, haya “sacado” a solas la ley en el Congreso, sin escuchar ni admitir una sola objeción de los partidos de la oposición, que deberían haber sido los protagonistas indispensables de un maduro consenso para legislar una reforma sólida, duradera y sostenible en el tiempo.

Convertido con regocijo en una maquina de legislar en solitario, el oficialismo ya avisó lo que los Kirchner evalúan como camino a seguir a partir de marzo de 2011. Lo dijo con su llamativa frontalidad el jefe de los diputados K, Agustín “El Chivo” Rossi: si la oposición quiere legislar “con revanchismo” desde el 10 de diciembre, el Ejecutivo se la pasará vetando al Congreso, un escenario horripilante que nace de unas convicciones profundas.

Rossi, como los Kirchner, piensa que gobernar es una tarea que se debe ejercer sin ataduras ni convergencias. Entienden que el mandato presidencial obtenido por Cristina Kirchner en 2007 no ha sufrido mella alguna, ni debe atenerse en lo más mínimo a la voz ciudadana expresada en 2009. Es una postura de recio conservadurismo: nada debe ni puede cambiar.

El justicialismo sabe mucho de esto y los Kirchner han usado estos meses, tras la frustración del 28 de junio, para dejar marcado el terreno. Le aguardan, pues, a la Argentina horas de dañina testarudez oficial, de cara a un poder que se percibe a sí mismo como investido de un mandamiento intocable.


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domingo, 22 de noviembre de 2009

Anibal Fernández, supremo sacerdote de la banalidad insultante

Por Pepe Eliaschev

Atascados en la noria de las regurgitaciones eternas, nada nos sorprende. Nuestros asombros son vaporosos y fugaces. El impacto emocional de hoy se diluye mañana en la atropellada semántica de otra tormenta emocional.

¿Acaso hay alguna palabra que se repita más que “escándalo” en los medios nacionales? No la hay, pero el chapoteo pornográfico en una cotidianidad escandalosa no la hace más virtuosa a la Argentina. Al contrario. Confortables en demasía que ya no sorprenden a nadie, habitamos el tiempo de los excesos convertidos en rutina. Las afrentas no duelen, las injurias no hieren, las mentiras no ofenden.

Supremo sacerdote de la banalidad insultante, la boca más grande y vociferante del Gobierno argentino compara a Nixon con Macri. La casi totalidad de quienes acceden a los medios no atinan a recordarle al incontinente jefe de Gabinete que ese presidente renunció a la Casa Blanca casi dos años después de que The Washington Post descubriera el affaire Watergate, pero sólo al cabo de una investigación del Congreso que lo conminaba al republicano a someterse a juicio político.
Aníbal Fernández, en cambio, quiere derrocarlo a Macri como resultado de las gestiones del espartaquista Norberto Oyarbide. Las tropelías fernandistas se consuman a la luz del día ante una sociedad que convive en resignado renunciamiento con los despropósitos más disparatados.

A las 10 de la mañana del jueves último, por ejemplo, ocho cuarentones ridículamente tocados con boinas de comandos militares cerraron la avenida Rivadavia a la altura del Congreso nacional. Decían ser “combatientes” de Malvinas, a los que no se les reconoce su supuesta participación en una guerra de hace 27 años.

Lo notable es la naturalidad del disparate. Eran ocho cortando la avenida y millares los vehículos que coincidían en aquel desbarajuste fenomenal, infinidad de gente atascada ante un piquete protegido por la Policía, adecuadamente adoctrinada para no “criminalizar la protesta”.

Lo más estremecedor es que a todo nos adecuamos: esas ocho personas cortaban la avenida mientras millares de seres humanos, afrentados y enloquecidos de furia, mirábamos con mansedumbre de vacas a los nuevos dueños del espacio, custodiados por una Federal con oficiales de relucientes y altas botas de cuero y rotundos patrulleros protegiendo el piquete malvinero.

Pocas veces un texto como el publicado por este diario la semana pasada y firmado por Adolfo Pérez Esquivel desparramó tamaña colección de prejuicios venenosos, afirmaciones expresivas de ridícula ignorancia y explícitas confesiones de judeofobia, como esa erupción de odio a propósito de una supuesta “masacre” hecha por los judíos de Israel contra los árabes palestinos.

Por lo pronto, pedregosa aunque imperdonable ignorancia: Pérez Esquivel admite ante el visitante presidente de Israel, Shimon Peres, que (¡15 años después!) “es imprescindible investigar y buscar a los responsables para reparar el daño a la comunidad judía”. O sea que los 85 asesinados del 18 de julio de 1994 fueron bajas judías, no víctimas de un ataque contra la Argentina. Para Pérez Esquivel los judíos deben ser extranjeros en la Argentina, huéspedes de sus anfitriones criollos.

Ese antisionismo de izquierda que se viste de ropaje progresista supera largamente la retórica de veteranos nacionalsocialistas. Coquetea con las expresiones más aviesas del antisemitismo reprimido. Eso explica que el venezolano Hugo Chávez y su régimen socialista sean socio principal de Majmud Ahmadinejad en América latina.

Pero si Cristina Kirchner le dice al presidente Peres que no le gusta que le elijan sus amigos porque ella no se los elige a nadie, ¿quiere decir que para este Gobierno es normal tener relaciones íntimas con alguien que, a su vez, está aliado a un régimen que proclama que Israel debe desaparecer del planeta?

Para Pérez Esquivel, claro, las responsabilidades sólo son israelíes y cuando las fuerzas militares de Hamas y Al Fátah se matan entre ellas en Gaza o en Cisjordania, no hay “masacre”, como tampoco la hubo en 1970, cuando el ejército del rey Hussein de Jordania aniquiló a las huestes de Arafat y expulsó a sangre y fuego a decenas de millares de palestinos.

Ausente ya la experiencia del asombro, en el tinglado nacional se perpetran alegremente hechos abusivos y enormidades retóricas. Pérez Esquivel, por ejemplo, escribe que en la Argentina hay una comunidad “israelí”. ¿Alguien le explicó que en el Estado de Israel hay dos millones de árabes y sólo cinco millones de judíos? ¿Alguien le informó que israelíes e israelitas no son la misma cosa?

Eso sí, coherente con los más rancios estereotipos antisemitas, el Nobel de la Paz de 1980 asegura que los judíos argentinos (220 mil en 40 millones) son “muy numerosos” y –sobre todo– “muy fuertes”. Nada de que alarmarse: en una crónica sobre la presencia de Peres en Buenos Aires, Clarín aseguró que el presidente israelí escuchó un recital en una tanguería del Abasto en la que se congregó “la mitad del PBI argentino”.

El sobredimensionamiento de la comunidad judía argentina no es inocente; es una política visceralmente compartida por todos los peronismos, desde el menemista al kirchnerista.

Como un estercolero de acceso libre, el escenario público que hoy exhibe este país es de deprimente vulgaridad. Iletrados funcionarios rebuznan superficialidades insultantes; saben que aquí todo sigue su curso y nada grave ocurre en una sociedad reacia a los castigos y embriagada de transgresiones.

¿Será el alba de un tiempo diferente? No de inmediato, ni mucho menos. Estos años de pacto con el abismo no producirán una reversión balsámica instantánea. Es bueno intuir que tras tanto abuso, tiempos más curativos vendrán. Pero hoy no hay razones sólidas para profesar optimismo, ni siquiera moderado.

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